—Vamos, ya es tarde. La lluvia no cesará.—Siempre eres así. Pero vamos me gusta caminar bajo ella.
Carlos y Rosa caminan por la acera de una calle vacía. El viento sopla con fuerza acompañando una fina lluvia que se extiende varios kilómetros más allá.
Rosa toma del brazo a Carlos mientras apoya la cabeza en su cuerpo. Se conocen hace dos meses. Ella es artista y él, un hermético empresario. La pasión que media entre ambos hace de ellos una pareja singular. Muchos vieron sus desenfrenados actos de amor
Él un divorciado con tres hijos que lo detestan. Cada vez que se levanta habla con el espejo, hasta espantarse (cuando se refleja fijamente) con sus profundos ojos negros. Todas las noches tiene pesadillas.
Su padre murió cuando él tenía catorce años, desde entonces lo odió por haberlo abandonado.
Estudió y logró el éxito en la ciudad. A los dos años de trabajo, conoció a Malena, quien luego de unas salidas y copas de más, quedó encinta. Su matrimonio fue obligado y el divorcio, el fin de su sentencia.
Aquella primera noche sin ella, había soñado con su padre (a partir de entonces, lo visitó cada noche)
—Rosa por qué te gusta la lluvia.
—Pues... así puedo ser libre, siento como si la lluvia me liberara con cada gota que cae sobre mí ¿No crees qué es así? El agua es vida. —sentenció y quedo callada, mientras extendía los brazos y alzaba el rostro al cielo.
—La lluvia... —miró el oscuro callejón. Parecía observar a alguien— vamos —la tomó del brazo con fuerza.
—Qué te pasa. Parece que no quieres esperar. Qué harías sin mí —ella lo miró extrañada pero enseguida sonrió (sus dientes eran tan blancos y su rostro tan terso, que cualquiera diría que era apenas una adolescente)
Él perdió a su padre un día de lluvia. Era una tormenta. Hace ya quince años de ello. Su padre dijo “Niño, voy por los animales, ya regreso” nunca más lo vio. Lo encontraron (sus restos) un mes después. Carlos nunca lo perdonó.
—Por qué siempre sonríes —se detuvo y admiró sus sutiles pechos, luego agregó— no me temes.
—Nada me haría daño y menos tú. Niño — mientras sonreía, la lluvia delineaba todo su cuerpo y el cabello mojado caía como una capa hasta su frágil cintura.
Él se preguntó cómo podía tener tanta energía en un cuerpo tan débil. En ese instante la odió. Odió su sonrisa, su fragilidad, toda su energía.
—Vamos —la jaló con fuerza, sus ojos siempre miraban el callejón. La lluvia se había hecho más fuerte. Ahora rayos y truenos lejanos la acompañaban— ¡No, no!... —gritó, y ya tenía entre sus manos el estrecho cuello de Rosa. La besó y presionó lentamente. No podía parar.
Ella pataleó, intentó gritar, pero su energía no le sirvió. Su cuerpo era débil, ella era débil.
Rosa recordó el día que lo conoció. Él hablaba solo en la oscuridad, parecía sollozar y ella le dijo “Hola niño” Fue entonces cuando, sus grandes ojos negros la cautivaron y atemorizaron. Nunca sabría lo que allí había.
—La lluvia... —susurró mientras la soltaba, Rosa se desplomó y Carlos, se arrodilló junto a ella— Esta vez no te irás, no te dejaré.